Verloren in München II
Sólo faltaba una hora para llegar a Munich. Una familia me llamó la atención. Los vi desde Bilbao, parecían árabes. Lo eran, iraquíes los 4. Él, haciendo un doctorado en lingüística española, en Madrid. Ella, trabajando a medio tiempo y cuidando a los niños. Los niños, hablando castellano con acento ibérico. Buenas personas.
Ya la historia de mi amiga Alice, de Munich, mis 2 marcos en el bolsillo, mi Visa Electron BBVA y mi “ya veré lo que hago”, habían pasado a un secundario cuarto o quinto plano. La historia de los iraquíes, su país, sus costumbres, su lucha diaria por sobrevivir en un país extraño y no ocasionar choques culturales, y sus dos semanas de vacaciones en Munich, en casa del hermano de la esposa, habían ocupado toda mi atención.
Finalmente, Munich.
Cuando era niña, papá gustaba mucho del rock progresivo y el tecno alemán. Krafwerk, Peter Schilling y algunas cosas más, me recuerdan pasajes enteros de mis travesuras a los 3 ó 4 años. Claro, una canción que se puso de moda hacia 1987, María Magdalena (de una tal Sandra), había servido de “Soundtrack” a una de las tantas explicaciones y descripciones que papá solía hacer, de países extraños, que estaban lejos, muy lejos, y que sí, hijita, algún día iremos todos y vas a conocer eso que ves en las fotos (aún no caía el Muro de Berlín).
Major Tom o María Magdalena, cualquiera de las dos eran Alemania. Pisé la “estación de autobuses” y entré en unos de los shocks más placenteros de mi vida… María Magdalena en todos los altavoces. Seguro papá tuvo algo que ver.
Bueno, a buscar los cigarrillos, que están en mi mochila, que está en la maletera. Mientras tanto, el chofer, un hombre totalmente cano, de unos 60 años, intentaba comunicarse conmigo, amablemente, desesperadamente, preocupantemente…
Anybody here speak English? Please!!!
Respuesta inmediata. Jamás pensé que agradecería conocer algo de ese idioma. Un hombre que andaba por allí me contó de la preocupación del chofer, de su amabilidad y de la indicación de coordenadas que estaba haciendo.
Claro, esta niña está sola aquí, ya se ve que nadie ha venido a buscarla y, para colmo de males, la entrada al metro está clausurada y, pequeño detalle, estamos fuera de la ciudad. ¡Ah! Y los taxis no aceptan Visa Electron.
No desesperes (segundo cigarrillo en 5 min.). No desesperes. Vamos a buscar un teléfono.
El padre iraquí necesitaba conseguir uno también, para avisar al cuñado que habían llegado adelantados. Todos tarjeteros y ni un condenado cajero automático. Vamos a informes, pero hablas tú (o sea, yo), que se te da mejor el inglés.
Es curioso, lo recuerdo en castellano:
- Perdone, señor (¡qué alemán más guapo!), ¿podría decirme dónde encuentro una tienda de tarjetas telefónicas?
- Hum… Aquí no hay ninguna.
- Uy… Y... ¿podría facilitarnos un teléfono? Necesitamos hacer algunas llamadas y…
- Mira, tengo esta tarjeta, pero ya está con poco saldo. Tenla y llama desde un teléfono público.
- Ok. Danke shun!
Fuimos al fono. Llame usted primero, porque los niños no van a estar tanto rato aquí. Llamó. Ahora me toca a mí. No había más saldo… ShaiBen! (B=z, que aquí no tengo la letra correcta).
Llegó la camioneta. Venían dos árabes más, el cuñado y el conductor, un compañero de su trabajo, Imram. No te vamos a dejar sola, te vienes con nosotros. ¡Genial!
Mi mamá me dijo que no anduviera con moros, porque podrían ser tratantes de blancas… Vamos a romper prejuicios.
Llegamos a casa del cuñado. Departamento de inmigrante: demasiado pequeño para vivir cómodamente, pero techo es techo. No hay espacio para mí, no importa, puedes quedarte en casa de Imram. Hecho.
Mi mamá me dijo…
Llegamos. Esta no es mi camioneta, es del trabajo. Subimos al 5to. piso. Pensaba en el ascensor que todo iba a estar bien, que dormiría en el sofá de la sala, que al día siguiente llamaría a Alice (ya eran cerca de las 11 de la noche y mis anfitrión se negaba a que me fuera tan tarde).
No había sala. Fue: puerta de entrada, a la derecha, el baño, de frente un salón grande, cama a un lado, sofá al otro, la cocina y un enorme balcón. Quinceavo cigarrillo. ¡Qué bonita vista tienes, Imram!
Cenar en la mesita de centro. Pan ácimo, como en las películas “de romanos”. Jalea de todos los sabores. Sólo faltaban los camellos. Imram y yo, comunicándonos en un pésimo inglés. ¿Quieres dormir en la cama o en el sofá? El sofá está bien para mí. ¿No prefieres la cama? ¡No, hombre, ya con lo que te estoy incomodando! Pero no es ningún problema, tú estás cansada del viaje y la cama es más cómoda… ¡Por lo mismo que estoy cansada, dormiré como una roca y no sentiré dónde! Duermo en el sofá y que no se diga más. De acuerdo.
Comí hasta hartarme. Luego, Imram me contó acerca de esos niños y esa mujer en las fotos de su estante. Mi esposa y mis hijos. Hace siete años no sé de ellos, desde que vine aquí. Son cosas que a veces pasan. Ellos ya han de tener su vida.
¿Qué decirle a mi amable anfitrión? Sólo… qué duro debe ser decidir este tipo de cosas. ¿Y qué tal te va aquí?...
Sí, dormí como una roca y no alcancé a fumar los dos últimos cigarrillos de la caja (habrían sido 20 en tres horas). Angelita, ¿querías Munich? Aquí lo tienes. Arréglatelas y disfrútalo. Bien.
Ya la historia de mi amiga Alice, de Munich, mis 2 marcos en el bolsillo, mi Visa Electron BBVA y mi “ya veré lo que hago”, habían pasado a un secundario cuarto o quinto plano. La historia de los iraquíes, su país, sus costumbres, su lucha diaria por sobrevivir en un país extraño y no ocasionar choques culturales, y sus dos semanas de vacaciones en Munich, en casa del hermano de la esposa, habían ocupado toda mi atención.
Finalmente, Munich.
Cuando era niña, papá gustaba mucho del rock progresivo y el tecno alemán. Krafwerk, Peter Schilling y algunas cosas más, me recuerdan pasajes enteros de mis travesuras a los 3 ó 4 años. Claro, una canción que se puso de moda hacia 1987, María Magdalena (de una tal Sandra), había servido de “Soundtrack” a una de las tantas explicaciones y descripciones que papá solía hacer, de países extraños, que estaban lejos, muy lejos, y que sí, hijita, algún día iremos todos y vas a conocer eso que ves en las fotos (aún no caía el Muro de Berlín).
Major Tom o María Magdalena, cualquiera de las dos eran Alemania. Pisé la “estación de autobuses” y entré en unos de los shocks más placenteros de mi vida… María Magdalena en todos los altavoces. Seguro papá tuvo algo que ver.
Bueno, a buscar los cigarrillos, que están en mi mochila, que está en la maletera. Mientras tanto, el chofer, un hombre totalmente cano, de unos 60 años, intentaba comunicarse conmigo, amablemente, desesperadamente, preocupantemente…
Anybody here speak English? Please!!!
Respuesta inmediata. Jamás pensé que agradecería conocer algo de ese idioma. Un hombre que andaba por allí me contó de la preocupación del chofer, de su amabilidad y de la indicación de coordenadas que estaba haciendo.
Claro, esta niña está sola aquí, ya se ve que nadie ha venido a buscarla y, para colmo de males, la entrada al metro está clausurada y, pequeño detalle, estamos fuera de la ciudad. ¡Ah! Y los taxis no aceptan Visa Electron.
No desesperes (segundo cigarrillo en 5 min.). No desesperes. Vamos a buscar un teléfono.
El padre iraquí necesitaba conseguir uno también, para avisar al cuñado que habían llegado adelantados. Todos tarjeteros y ni un condenado cajero automático. Vamos a informes, pero hablas tú (o sea, yo), que se te da mejor el inglés.
Es curioso, lo recuerdo en castellano:
- Perdone, señor (¡qué alemán más guapo!), ¿podría decirme dónde encuentro una tienda de tarjetas telefónicas?
- Hum… Aquí no hay ninguna.
- Uy… Y... ¿podría facilitarnos un teléfono? Necesitamos hacer algunas llamadas y…
- Mira, tengo esta tarjeta, pero ya está con poco saldo. Tenla y llama desde un teléfono público.
- Ok. Danke shun!
Fuimos al fono. Llame usted primero, porque los niños no van a estar tanto rato aquí. Llamó. Ahora me toca a mí. No había más saldo… ShaiBen! (B=z, que aquí no tengo la letra correcta).
Llegó la camioneta. Venían dos árabes más, el cuñado y el conductor, un compañero de su trabajo, Imram. No te vamos a dejar sola, te vienes con nosotros. ¡Genial!
Mi mamá me dijo que no anduviera con moros, porque podrían ser tratantes de blancas… Vamos a romper prejuicios.
Llegamos a casa del cuñado. Departamento de inmigrante: demasiado pequeño para vivir cómodamente, pero techo es techo. No hay espacio para mí, no importa, puedes quedarte en casa de Imram. Hecho.
Mi mamá me dijo…
Llegamos. Esta no es mi camioneta, es del trabajo. Subimos al 5to. piso. Pensaba en el ascensor que todo iba a estar bien, que dormiría en el sofá de la sala, que al día siguiente llamaría a Alice (ya eran cerca de las 11 de la noche y mis anfitrión se negaba a que me fuera tan tarde).
No había sala. Fue: puerta de entrada, a la derecha, el baño, de frente un salón grande, cama a un lado, sofá al otro, la cocina y un enorme balcón. Quinceavo cigarrillo. ¡Qué bonita vista tienes, Imram!
Cenar en la mesita de centro. Pan ácimo, como en las películas “de romanos”. Jalea de todos los sabores. Sólo faltaban los camellos. Imram y yo, comunicándonos en un pésimo inglés. ¿Quieres dormir en la cama o en el sofá? El sofá está bien para mí. ¿No prefieres la cama? ¡No, hombre, ya con lo que te estoy incomodando! Pero no es ningún problema, tú estás cansada del viaje y la cama es más cómoda… ¡Por lo mismo que estoy cansada, dormiré como una roca y no sentiré dónde! Duermo en el sofá y que no se diga más. De acuerdo.
Comí hasta hartarme. Luego, Imram me contó acerca de esos niños y esa mujer en las fotos de su estante. Mi esposa y mis hijos. Hace siete años no sé de ellos, desde que vine aquí. Son cosas que a veces pasan. Ellos ya han de tener su vida.
¿Qué decirle a mi amable anfitrión? Sólo… qué duro debe ser decidir este tipo de cosas. ¿Y qué tal te va aquí?...
Sí, dormí como una roca y no alcancé a fumar los dos últimos cigarrillos de la caja (habrían sido 20 en tres horas). Angelita, ¿querías Munich? Aquí lo tienes. Arréglatelas y disfrútalo. Bien.

Estadio olímpico de Munich

