Alice se despidió de mí llorando. No era la primera vez que veía llorar a la tremenda alemanota, pero a esas alturas de nuestras amistad, nada de ella me llamaba la atención. La quería tanto, que había conseguido olvidar de dónde venía.
Era 14 de julio de 2001, “cierre” de San Fermines en Pamplona (España), nuestro hogar de un año. El final se acercaba para todos. A unos les llegó antes, por eso Alice debió volver pronto a Munich, tenía pendiente un trabajo de investigación y un examen en su Universidad.
No llores, tonta, si nos vamos a ver en una semana… ¡Vas a tenerme 20 días en tu casa, verás que luego te cansarás de mí!
Mi viaje a España, por un intercampus
Udep-
Unav, ha dividido mi vida, hasta ahora conocida, en dos hemisferios. Siempre me supe capaz de salir de casa en total independencia, y defender mi pellejo con cabeza, garras y dientes (armoniosa relación “inteligencia-instinto de conservación”, que sólo el viajero empedernido ha podido ver a mil colores).
Siempre me supe capaz, pero nunca había sido sometida a la prueba final: la realidad.
Niña fuerte sí que era. Y trabajadora, y obstinada, y lo suficientemente “sangre fría” para no desesperar en caso de no ver salida por ningún lado. Ya papá me había sometido a varios exámenes de supervivencia, desde que tengo uso de razón (creo en verdad que los padres todo lo saben… y en ello, mucho de inspiración divina ha de haber).
Pero la realidad es la realidad. Lo confieso, me moría de miedo. En pleno Jorge Chávez, rodeada de gringos holandeses, alemanes, austriacos y, seguramente, hasta vikingos escandinavos, haciendo la cola de KLM, deseé estar en casa, con papi, mami, hermanitos y es status quo intacto. Mas nada, absolutamente nada. Ya estaba allí.
Mamá no dejó que le brillaran los ojos sino hasta el final, cuando me dio un beso, me bendijo y me entregó una cajetilla de cigarrillos y un encendedor, “para las esperas”.
Llamé a papá desde la “zona de cuarentena” del aeropuerto, donde diferencian a viajeros con unas tarjetitas de colores y les van llamando en orden, para abordar. Me había pasado todo el día comunicándome con casa, pero papá no estaba. Por fin, lo encontré.
- Papi… ya estoy por abordar. Quería despedirme una vez más. Te quiero mucho.
- Mi amor, deseo que te vaya muy bien. Estudia mucho. Conoce mucho, también. Que Dios te bendiga.
Fue suficiente, nuestro lazo inmortal se estrechó más que nunca, él en Sullana, yo en Lima, a punto de subirme a un avión que me llevaría a Ámsterdam, previa escala en Aruba y posterior trasbordo en la capital holandesa, ya para llegar a Madrid…
Y jugando, llegué a la capital española. Y, jugando también, a Pamplona. Y como quien no quiere la cosa, hice buenos amigos. Y, también por jugar y porque estaba aburrida de España, me largué a dar vueltas por Alemania, Austria y Francia, durante mi último mes en Europa.
Entonces, Munich.
Me costó varios meses archivando documentos en la Universidad de Navarra y una semana atendiendo, preparando ensaladas y lavando platos en un bar asturiano de Pamplona, a medio tiempo, en plena celebración sanferminera.
Todo bien, mucho mejor luego de comprar mi pasaje por Internet, vía Bilbao-París-Estrasburgo-Munich.
Mi tendencia a hablar sin parar fue cruelmente castigada: mi compañero de viaje era sordomudo. Mi tristemente célebre paso por el hachís marroquí, también, pues tuve la gran idea de compartir un “porrito” ínfimo con una buena amiga, en Bilbao, y no compré más que una pequeñísima botella de agua y un “bocata” de jamón curado para llevar, en un bus sin azafata.
Digamos que las cinco primeras horas de viaje fueron cruelmente purgantes.
Gracias a Alice, el alemán había dejado de sonarme a “idioma de caballos”. Entonces, luego de recorrer casi todo Francia, dar unas vueltas en París y seguir viaje, entrar en Alemania me dio una sensación de alivio y familiaridad, incomprensible para punto de vista que no fuese el mío, por aquellos días.
En Estrasburgo, me di de cara con la dura realidad: el chofer que nos conduciría desde allí no tenía idea de ningún idioma que no fuese el suyo. Pregunté por los baños en todas las lenguas germanas y anglosajonas que pude, pero nada. “Toilettes”, en fino y latinísimo francés, fue la solución (que en alemán, resultó ser “Toiletten”).
Los dos últimos compañeros hispano hablantes del viaje, esposos argentinos, se fueron en otro carro. Yo, con gente casi nueva, 2 marcos en el bolsillo, una tarjeta de débito poco práctica para estas faenas, los cigarrillos en la mochila, la mochila en la maletera y la reciente certeza de que llegaría a Munich 2 horas antes de lo acordado con Alice, a una estación diferente a la acordada con Alice y que, por tanto, era necesario llamarle con suma urgencia.
En Alemania, sólo el 20% de los teléfonos públicos son a moneda. Me topé con todos los tarjeteros…
Ya qué diablos, a disfrutar del viaje, nomás.
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Para conocimiento:
Munich, en español, se dice Munich, sin más.
En alemán, se escribe München y se pronuncia “Mienjen” (o algo así).
En inglés se escribe Munich y se pronuncia "Miunic"… pero, tratándose de una ciudad alemana y hablando nosotros castellano, ¿para qué decirlo en inglés?